
Mis simpatías hacia Obama. Está claro que él encarna mejor que nadie la posibilidad de un cambio en la forma de actuar de Estados Unidos, y ese cambio sólo puede ser para mejor. Hoy, mientras iba a trabajar, tenía la sensación de que, ahora sí, habíamos entrado en el siglo XXI.
Llevo oyendo desde hace algunas semanas a varios analistas políticos y económicos que habíamos llegado al fin de un ciclo, y de la necesidad de reformar (algunos dicen refundar) las bases del capitalismo. Estoy a favor, es más, para mí no sólo es necesario refundar el capitalismo, sino que también sería magnífico si se pudiera refundar el socialismo, y refundar la democracia y la forma de hacer política. Basta ya de que se use a los votantes como mercancía que se maneja y usa cada cuatro años, necesitamos pensar en políticos que crean en el ser humano, que apuesten por el progreso de la sociedad y no por el progreso propio y la destrucción del adversario.
He tenido oportunidad a lo largo de mi vida de hablar con muchos políticos (de acuerdo, la mayoría de ellos políticos de tercera) como para tener una imagen clara de ellos: la mayoría son los supervivientes de guerras intestinas, de navajazos explícitos entre supuestos compañeros hasta ocupar el puesto que ocupaban, para, una vez allí, intentar perpetuarse a toda cosa. Los más hábiles se adueñan de discursos grandilocuentes y vacíos, cargados de frases hechas, de palabras rimbombantes, de vaguedades. Conseguido el escaño, el trabajo consiste en votar lo que tu grupo proponga y oponerte por sistema a lo que surja de los otros grupos, en caso contrario corres el riesgo de ser expulsado y acusado del peor de los pecados, que no es el de no servir a los intereses de los ciudadanos, sino el de no servir a los intereses de tu partido. El resultado final poco o nada tiene que ver con las promesas realizadas a sus votantes, pero eso parece que a nadie le importa. Unan a ello que el poder les engancha, les hace ser admirados, envidiados e incluso temidos, que el poder a menudo corrompe, y que una vez que se prueba es muy difícil desengancharse. Mis políticos de tercera a menudo vivían de la política, o su vida profesional era mucho más simple y vacía como para arriesgarse a pasar el invierno lejos del calor del escaño. Como consuelo y justificación se nos llena la boca con la palabra “democracia”, que es la panacea en la que navegamos todos, pero mi opinión es que en esas condiciones para poco vale.
Yo tengo muy claro cuales son mis orígenes y cual es mi ideología, lo que tengo más difícil es saber quiénes, actualmente, representan esas ideas. Curiosamente, si hecho la vista atrás, la persona a quien he escuchado un discurso más comprometido, más ambicioso socialmente hablando, no ha sido a un concejal, ni a un diputado, ni a un consejero, sino a un cura. Es cierto que yo no soy especialmente religioso, pero con motivo del bautizo de mi hija, me acerqué a una parroquia de esas que están en manos de curas distintos (yo los asocio a los teólogos de la liberación que tanto abundaron en Sudamérica hace unos años, aunque supongo que a ellos tal asociación no les haría gracia). Allí hablaban de igualdad, de solidaridad, criticaban el consumismo. la superficialidad, la hipocresía… pero lo hacían desde su ejemplo y su compromiso diario, y de esa forma era fácil creerles. En ocasiones me daban a entender la sensación de que el cristianismo como ellos lo practicaban (tan alejados de la moral y el lujo que se irradia desde el Vaticano) era una magnífica excusa para cambiar el mundo.
Cambiar el mundo.
Mientras llega ese día, prometo dejar junto al puñado de esperanzas que deposité en Lula, otro cuarto y mitad que depositaré sonriente, en la figura de Obama. Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer que tiene que llover a cántaros.





