
Nuestro sistema educativo te enfrenta a semejante dilema en plena adolescencia, cuando la mayoría no tiene aún clara su verdadera vocación, o es una vocación llena de falsos estereotipos.
Si a mí, con los años que ahora tengo, me preguntaran por ello tendría clara la respuesta, pero en aquel momento decidieron otros factores, unos criterios a los que yo, con el paso del tiempo, he ido desvistiendo de valor.
Es verdad que al final la cabra siempre tira al monte. Aunque terminé la carrera de informática, sin pasión, y acabé dedicando mi tiempo a este mundo cambiante, vertiginoso y hueco de los ordenadores, paralelamente me formé en clases esporádicas de crítica literaria, en tertulias poéticas y charlas filosóficas, rodeado de libros en donde la proporción entre la literatura y la programación estaba muy desequilibrada.
Siempre me acompañó la pregunta ¿Pero cómo tú, siendo informático?
A lo largo de mi vida me he cruzado con la incomprensión de quienes no entendían, ni valoraban que alguien dedicara parte de su tiempo a escribir, y los otros, que me consideraban un intruso en su mundo, una especie de mueble incómodo, que no sabían dónde colocar ni cómo tratar.
El resultado final es que no me siento ni de ciencias ni de letras, me paseo por las avenidas de uno y otro saber, sin reparar en prejuicios, y desde mi atalaya observo la ignorancia de muchos letrados incapaces de resolver una regla de tres o de manejar una hoja de cálculo, y la de muchas mentes matemáticas incapaces de escribir más de dos líneas, mínimamente coherentes, sin cometer faltas ortográficas.
En algún momento de mi vida tuve la suerte de conocer a personajes de otra época y educación: Fernando Bravo, Valeriano Gutiérrez Macias, Edmundo Costillo… con quienes me siento identificado, escritores ya fallecidos, que habían leído a Homero, a Cicerón, que sabían realizar un soneto, filosofar, pero también debatir sobre la hermosa forma de mostrar la física del matemático Paul Dirac.
Siempre he pensado que es preferible ser aprendiz de mucho y maestro de nada. No creo que sea bueno centrar la vida en analizar una sola materia; no me apasionan los expertos. Yo creo en la curiosidad, en la diversidad, en la experimentación y en la osadía. Creo que el hombre del renacimiento adquirió una visión del mundo singular, con muchos más matices y colores que las que pueda tener un, por ejemplo, profesor universitario absorbido por, y sólo por, su propia especialización.