A cada persona le asombra lo que desconoce. A mi no me sorprenden las ciudades medievales, a mi me sorprenden los acantilados. No me sorprenden los mares de encinas, sino las montañas verdes que desembocan en el mar. No me impresionan las cigüeñas, pero mi mirada se va tras cualquier gaviota. Por eso, porque somos animales de costumbres, las vacaciones han de servir de escape, recorrer lugares extraños, costumbres nuevas, paisajes distintos. No quiero una playa repleta de turistas, quiero una playa solitaria, en la que desemboque un río tímido y claro, y que el color verde, a pesar de estar en verano, inunde el horizonte, más allá de mi vista.
Mañana volamos hacia Escocia. Ya os contaré a la vuelta.
Hay circunstancias que son demasiado terribles y complejas, como para ser tratadas alegremente en un blog como éste. El aborto es una de ellas. Cada persona, cada momento, cada circunstancia es un mundo, y es una realidad demasiado dura para el que ha de soportarla como para frivolizar con ella. Sólo quiero compartir la incomprensión que me produce que los partidos de izquierda, desde siempre, defiendan el aborto como un derecho de la mujer, como un símbolo de su progreso y de su libertad. A mí siempre me ha gustado apoyar al débil, juntarme con el desfavorecido y alejarme del poderoso; por eso siempre he pensado que mi ideología debería corresponderse con partidos que defiendan precisamente esos valores. De ahí la contradicción, yo pienso que en el aborto el ser más débil es, precisamente, el que no ha podido nacer.
Ya sé que se dice de ellos que, como los argentinos, hablan demasiado, filosofan demasiado, embaucan demasiado. Pero qué les voy a decir, a mi los uruguayos me caen bien. Comenté en alguna ocasión que uno de mis cantores de cabecera es Alfredo Zitarrosa, uruguayo que durante un tiempo vivió exiliado en España y cuyas canciones, para que suenen bien, han de ser cantadas desde más allá de las propias entrañas. También es conocido por quienes me rodean, mi admiración por Mario Benedetti, desgraciadamente fallecido la semana pasada, y uno de los poetas y autores de cuentos más influyentes para los de mi generación. Recuerdo la fascinación con la que vimos, un grupo de poetas al que por entonces yo pertenecía, la película “El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela, en la que aparecían algunos poemas de Benedetti (uno de ellos recitados por él mismo, si no recuerdo mal en perfecto alemán) y de Oliverio Girondo, que terminamos por aprender y recitar de memoria. Descanse en paz el viejo maestro. Hace dos años, durante un viaje a Galicia, coincidí en la playa con un hombre mayor que se ganaba la vida alquilando barcas de pedales por la playa, aquel tipo era uruguayo, para mí razón suficiente para entablar conversación con él, si por conversación se entiende su monólogo vital que hacía palidecer y perder cualquier atisbo de importancia a mi propia existencia. Todo lo que yo trataba de contar, resultaba anodino al lado de las peripecias que había vivido aquel hombre. En cuanto aparecía por la playa, allá estaba yo para escucharle hablar. Para rematar la entrada diré que llevo toda la semana con una canción de esas que uno no es capaz de sacársela de la cabeza. Como ustedes bien imaginan, es de un autor uruguayo, solo seis años mayor que yo (como pasa el tiempo). Se llama Jorge Drexler, para muchos uno de los mejores cantautores actuales, los que no lo conozcan, por favor, no dejen de escucharlo.
La música ha estado siempre presente a lo largo de mi vida, de una manera estrecha ha ido adornando cada uno de los pasos que he recorrido. Igual que con el olor, la música tiene la capacidad de remontar los recuerdos a lugares, a personas y a momentos que he vivido.
Hoy ha muerto Antonio Vega, ese cantante que arrastraba tras de si las hojas de la nostalgia, caminando con su guitarra en una mano y la muerte en la otra.
No era demasiado fan de Nacha Pop, pero recuerdo, allá por el año 1991 un concierto en Radio 3 de Antonio Vega, que grabé en mi viejo casete y que fue un absoluto descubrimiento. Aún no había sacado su primer disco en solitario y aquellas canciones inéditas me acompañaron intensamente durante muchos meses, con el regusto añadido de paladear lo desconocido; nunca me gustaron las canciones manoseadas.
Aquellos meses concerté con la que ahora es mi mujer, una de nuestras primeras citas. Para ella yo era entonces aquel chico alto que le había prestado una bolsa repleta de cintas de música, hasta el punto de que me llamaba: “el chico de las cintas”. Mi objetivo era enamorarla musicalmente, y organicé un viaje con el coche de mi padre, al lugar que, por aquel entonces, me resultaba más fascinante: la ciudad de Marvao, en Portugal.
Ella no iba suficientemente segura, por lo que se hizo acompañar de una de sus mejores amigas, y así marchamos los tres, una mañana de sábado, hacia las tierras del Alentejo con mis cintas de casete resonando en el viejo coche y reservando, para el momento adecuado, aquella grabación de Antonio Vega.
Aquel viaje no resultó tan especial como yo hubiera deseado, tardaría aún años en convencer, a aquella chica morena y tremendamente guapa, de que se convirtiera en mi mujer.
Entre medias, aún tuvimos la oportunidad de acudir juntos al Gran Teatro, a ver a aquel cantante desmejorado y frágil, acariciando su guitarra como un ángel triste.
Hoy, cuando me enteré de la muerte de Antonio Vega, sentí de verdad un escalofrío, y un nudo en la garganta. De repente empezó a resonar en mi cabeza una canción suya, y pude ver mi imagen, en aquel Kadett gris oscuro de mi padre, repleta mi cabeza de pájaros y de ilusiones, camino de Portugal junto a aquellas dos chicas… de ayer.
Hoy mi hijo ha cumplido 9 años. Me parece mentira lo pronto que pasa el tiempo, hace pocos años no era más que un bebé rubio y sonriente, que ocupaba el espacio entre mi mentón y mi ombligo, ahora…
Mi hijo nació cuando yo tenía 29 años. Lo suficiente como para tener todavía mi propia infancia muy presente. Por eso me sorprende ver que muchas de las cosas que yo hacía de niño ya no se hacen. Eso de estar todo el día en la calle, jugar al fútbol en la carretera, cazar tarántulas, encender hogueras, jugar a los bolindres, a las chapas… parecen asuntos de otro tiempo. No digo que mi infancia fuera mejor ni peor, lo que digo es que era distinta.
La figura del padre, por ejemplo. Yo apenas recuerdo jugar con mi padre de pequeño, es más, apenas recuerdo a ningún padre jugando con sus hijos por la calle. Ahora los padres nos hemos transformado en muchos casos en un amigo más de nuestros hijos. Salimos a montar en bicicleta juntos, jugamos al fútbol juntos y hacemos aventuras juntos. No me quejo, he de decir que lo pasamos fenomenal, sólo constato la diferencia.
Hoy, sin ir más lejos, hemos estado en el pueblo de mi mujer. En una pared de piedra se escondían decenas de arañas, de esas que realizan sus nidos en las oquedades. Cuando yo era pequeño nos divertíamos arrojando hormigas a esos agujeros, hasta que la araña salía y en un movimiento rapidísimo, cazaba a la hormiga y se la llevaba hacia dentro (otras veces colocábamos petardos para ver que pasaba). Me dí cuenta de que mi hijo, en sus nueve años, nunca había presenciado semejante ritual y le llamé. Cogimos una hormiga del suelo y la depositamos en la red de la araña. En un momento salió el terrible insecto y se apoderó de la hormiga. Tanto mi hijo, como mi hija que también andaba por allí, se quedaron con la boca abierta.
Sé que es un relato intrascendente, pero para mí el paso del tiempo siempre es un motivo de asombro. Cuando mis hijos echaron a correr para contarles a todos lo que había pasado, yo me sorprendí a mi mismo apesadumbrado por haber cometido la crueldad de poner al alcance de aquella araña, a la indefensa hormiga. Cuando era niño este pensamiento ni se me hubiera pasado por la cabeza.
Pido disculpas por las dos semanas que he estado ausente de mi bitácora. Cuando lo inicié, allá por agosto del año pasado, me planteaba un mínimo de una entrada semanal, esta semana no he podido cumplir como Dios manda. Sin que sirva de excusa debo decir que he tenido una semana de lo más atareado. Recibí el lunes pasado las penúltimas (nunca se puede decir últimas) correcciones de mi libro. Se acerca el momento de la edición y es necesario dejar todos los cabos atados. Me duelen los ojos de tanto releer.
Esta semana se está celebrando la feria del libro en mi ciudad. Es verdad que Cáceres a partir de ahora encadena una serie de semanas en la que la ciudad bulle culturalmente. Lástima que el resto del año, ocurra lo contrario.
La primera vez que hablé con mi editor, nos planteábamos realizar la presentación del libro en la feria, es evidente que no hemos llegado a tiempo. No me importa, creo que presentar un libro que todavía nadie ha leído no es la mejor forma de acercarse al público. Otra cosa es que el libro o el autor ya tenga un recorrido largo. El jueves asistí a la presentación de “El caballero de Alcántara”, se Sánchez Adalid, me asustó contemplar la gran cantidad de público que arrastra este magnífico escritor. Me gustó su forma de expresarse y la tranquilidad con la que exponía sus ideas. Era claro, conciso, brillante y breve. Un buen maestro.
Por si fuera poco me adentré en la realización de un nuevo blog, esta vez un blog familiar (tengo 18 primos) y privado, en el que aportar las fotografías, historias y leyendas de mi familia paterna. He de decir que ha sido todo un éxito, creo que en una semana ha tenido más acceso que el mío en meses.
Pero qué quieren que les diga: “El mirador de Jaralunas”, aunque sea un mirador solitario, sigue siendo mi mirador.
Para mí éste es un asunto claro desde la adolescencia. Hay otros planteamientos que el paso de los años ha ido modelando en mi conciencia, pero desde luego no el asunto de la monarquía. Porque yo no soy monárquico, no lo he sido nunca. No tengo simpatías hacia el Rey Juan Carlos, no sobrevaloro su figura, ni su forma de acceder al cargo, ni su formación, ni la trascendencia de sus actos durante las tres décadas largas de democracia. Creo que en una sociedad moderna no tiene cabida la figura de un monarca. Creo que carece de sentido pensar que una cualidad pueda ser heredada de una generación a otra. No dudo de la formación del príncipe Felipe, ni de sus buenas intenciones, lo que no comparto es que aunque no tuviera esa formación, ni esas buenas intenciones, sería igualmente el heredero de la corona, es decir el futuro Jefe del Estado. Eso sería inasumible en cualquier otro ámbito social, empresarial o político.
Los reyes antiguos, que capitaneaban las tropas, tomaban decisiones transcendentales y se jugaban su cargo, o incluso su vida, en cada una de ellas, eran otra cosa. Algo más parecido a un héroe. Pero éstos que vinieron después, en poco se parecían a sus antecesores y no en pocas ocasiones vendieron a la patria por permanecer en el trono.
No creo en los privilegios de cuna, creo que todos los individuos que nacen han de tener los mismos derechos, y que debe ascender aquel que tenga más cualidades y lo merezca. La historia está repleta de ejemplos que destruyen el mito de los linajes, me resulta anacrónico plantear la antigüedad de las familias, o la pureza de la sangre. Todos somos igual de antiguos y nuestra sangre es una mezcla de muchas sangres, afortunadamente.
El heredero del rey puede ser un buen rey, o no serlo. Ésa es la cuestión. Porque el cargo de monarca no se reelige, ni caduca.
Si me dan a elegir yo diría como Conan Doyle: prefiero que me gobiernen los héroes.
Nací en Cáceres, me crié, jugué, estudié, me enamoré, me casé y nacieron mis hijos en esta ciudad. Por azares de la vida estudié una carrera universitaria que nunca me convenció, aunque determinó un trabajo del que no me debo quejar. Me gusta contar historias y mucho más imaginarlas. Por otros azaras de la vida he escrito algunos libros: poesía, cuentos, relatos infantiles, novela. Algunos piensan que lo que más me gustaría sería poder vivir de lo que escribo, pero en realidad desconocen mis aspiraciones: yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos, rodeado de rayos y centellas, y con mi capa negra desafiando al viento.
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